Uno se levanta y ve que a su lado hay un bulto. No es una mujer, ni un hombre… ni si quiera la cabeza de un caballo; es la resaca (representada por un elefante rosa en el messenger, en honor al episodio de Los Simpson).
La vida sigue girando después de la Universidad, pero lo suyo es irse al pueblo. A volver a disfrutar de un paseo por las afueras, una vuelta por el invernadero de popó, la única compañía de la gata y las conexiones a 56k. Viva.
Pero tan idílica mañana se ha ido a tomar por culo cuando al entrar en la oficina (abandonada por estos días debido al éxodo de efectivos a obras allende los mares –bueno, a la cuarta provincia aragonesa, Salou–) un kilómetro y medio de fax me espera, junto con varios emails y alguna que otra llamada telefónica de clientes manirrotos que creen que eres el salvador que resucitará sus sistemas de riego, e incluso a esa planta tan especial… “ya sabes, esa de las hojas verdes y la flor… no me acuerdo”.
Y si puede ser por teléfono mejor, claro.
Me voy a comer con Los Simpson (eso no cambia en la aldea, ni si quiera cambia con el paso del tiempo y las reposiciones) y a esperar a que baje el sol para empezar a trabajar. Que estos traumas hay que pasarlos poco a poco.
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